Epifanía.-
Por lo general vuelvo a casa apurado, cansado y con hambre.Tengo varios caminos alternativos para hacerlo, y dentro de mi aventurera pasión por lo no rutinario, suelo tomar indistinta e irregularmente alguno de ellos, cada cual con sus pintorescas particularidades que me distraen del tiempo, las preocupaciones cotidianas, y vuelvo, como he contado en otra oportunidad, a revivir la idea de estar permanentemente de vacaciones.
Claro, no es difícil hacerlo en un lugar como este. Debo reconocer que lo que más me gusta es subir el camino estudiando minuciosamente las estribaciones de la sierra grande que frente a mí se presenta indescriptiblemente bella, incorruptible, monumento natural de milenios, de secretos ancestrales, de incógnitas indescifrables.
Para disfrutarla el camino a elegir con ese fin es el de Barranca Colorada, en todo su recorrido veo su majestuosidad y luego al llegar a Dos Venados retomo por ella disfrutando del sinuoso sendero entre la serranía y el valle.
De todo ese recorrido, tengo especial predilección por un lugarcito muy particular. Donde la Avenida del Libertador se Junta con Dos Venados hay un montecito de cipreses, allí más de una vez he parado en medio de una caminata a refrescarme un poco.
Mucha gente hace lo mismo, entonces ese montecito se llena de conversaciones, pensamientos, mateadas y por supuesto alguna palabra de amor en las noches de luna.
De vez en cuando veo allí, sentado en uno de los dos escalones de piedra de la pretendida escalera que da ingreso protocolar al espacio - ya que por no tener cerco en ninguno de sus tres lados a este lugar se puede ingresar por cualquier parte- a un muchacho, un hombre diría, que periódica pero irregularmente y a la hora del almuerzo suele permanecer, como digo sentado allí, mirando hacia el valle.
Cierto es que desde allí se puede observar el gran paisaje que brinda esa enorme depresión del terreno, frente a las sierras que por nuestras espaldas nos separan de Córdoba y por delante, y a lo lejos las Sierras Centrales de San Luis.
Cierto día, no hace mucho tiempo, tuve la necesidad de detener la marcha del auto justo a la sombra de esos cipreses en un medio día entre veraniego y primaveral, la cuestión es que sentí un ruido extraño debajo del vehículo y me bajé para ver de qué se trataba.
En realidad nada había debajo de él, la marcha era serena, por lo tanto supuse que lo más cercano a la verdad era que me había detenido solo para observar y poder saludar a aquella persona que llamaba mi atención desde hacía tiempo.
Como de costumbre estaba sentado en uno de esos escalones, con una botella de gaseosa a su lado recostada contra la piedra, su bicicleta apoyada en un ciprés y saboreando un bocado, casi sin inmutarse por mi presencia me miraba con mucha paz.
-Buen día, le dije.
-Buen día, me respondió de una manera amable y sincera.
Me observó mientras subía al auto, un adiós de ambas partes muy respetuoso y seguí mi camino, solo que desde allí para mí nada fue igual.
Lo primero que me imaginé era que disfrutaba de esa vista, después lo relacioné con el recuerdo de otras personas, en otro lugar, pastores que al medio día se sientan a almorzar mientras su majada pasta tranquilamente bajo el sol.
Entonces un aluvión de pensamientos me invadió la imaginación y sentí realmente que él estaba custodiando su majada, que yo no me sentía capaz de verla, ni siquiera de darme cuenta, hasta ese momento de su cotidiana labor, porque fue entonces que comprendí que él la cuidaba a la distancia, y sus ganados eran nada más, pero nada menos que recuerdos e ilusiones de tiempos pasados, y sueños.
Y allá en el valle, sus sueños de sachacabra y algarrobal, amarillo o verde según la época, entre caminos polvorientos y senderos invisibles, los divisa y él es capaz de cuidar de ellos, sin que la mayoría de nosotros, los que vamos y venimos sin darnos cuenta siquiera de su presencia amable y tranquila entendamos el propósito de su cotidiana responsabilidad.
Entonces me sentí pobre, me di cuenta del tiempo transcurrido sin cuidar mis quimeras, que como a la mayoría de las personas, se les fueron perdiendo en el tiempo. Pastando se alejaron lentamente más allá de las fronteras de lo posible, hacia el país del olvido.

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