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  • Esta página está dedicada a aquellas personas que realmente estén predestinadas a unirse a la búsqueda de la fuente del elixir de la vida eterna.
    Existe -y de esto tengo ya sumada cantidad de pruebas atesoradas en lo profundo de un lugar secreto- una nave capaz de llevar a quien se anime a subir a ella a ese lugar donde la Alquimia es la profesión más corriente.
    Se cuenta que El Holandés Errante es uno de los barcos fantasma que se han descubierto vagando por mares oscuros y lejanos.
    Pero no es de este barco que voy a hablar, sino de uno más antiguo, más terrorífico y por cierto desconocido.
    Alguien pudo verlo y vivir para contarlo.Y lo contó.Y esa historia está escrita en un pergamino que fue pasando, de mano en mano, en el más estricto de los secretos por siglos.
    El mismo Nicolás Flammel cuenta: “Así pues, cuando tras la muerte de mis padres me ganaba la vida en nuestro arte de escritura, haciendo inventarios, cuentas, frenando los gastos de tutores y menores, me vino a las manos por dos florines, un libro dorado muy viejo y amplio. No era papel ni pergamino como los demás, sino que era de cortezas (así me pareció) de tiernos arbustos…”
    Todos conocemos la historia de Nicolás Flammel, que nació en 1330 y murió en 1417 y del libro de los dos florines. Pero lo que pocos saben de él es que justamente de las escrituras de aquel libro descifró la precisa fórmula de la piedra filosofal y junto a su esposa pudo lograr superar el paso del tiempo y sigue viviendo aun junto a ella, adaptando su personalidad a la costumbre de cada época.
    Si son pocos los que saben esto, son mucho, pero mucho menos los que conocen el secreto de un manuscrito que estaba entre las hojas de aquel magnífico libro.
    Y es justamente allí donde se cuenta la historia de esa misteriosa y tétrica nave.
    Después de superar el terror de abordarla, su timonel, que no pertenece al mundo habitado por nosotros, que ni vivo ni muerto la conduce hábilmente por entre mares de penumbra, tormentas implacables y vórtices que desnudan en sus profundidades al mismo centro de la tierra, tan espeluznantes que el mismísimo Maelström parece juego de niños, lo conducirá .
    Lógicamente, alguien se preguntará hacia dónde lleva aquella barcaza destartalada y crujiente.
    No, no es Utopía el lugar; tampoco Eutopía.
    Impresiona pensar en ese marinero que de solo verlo hace recordar a los del acorazado de Manuscrito hallado en una botella allí, caminando por su mundo, que parece ensimismado en sus pensamientos y murmura cosas que nadie entiende, que parece muerto, pero parece vivo.
    Porque lleva de los muertos la falta de miedo a la muerte, ya está muerto; porque lleva de los vivos la falta de miedo al amor, porque está vivo.
    Cada página que escribe, cada día que vive, cada mar que cruza, cada noche que no duerme, cada día que sueña.
    Por eso no es para usted esta historia, solo es para aquellos que puedan ver en cada ser la luz que le da vida, el amor que encierra, la juventud que tiene a pesar de los años, el valor que tiene a pesar del miedo.
    No entenderá usted lo que lea si no siente la necesidad de arriesgarse a hacer la travesía y dejarse llevar por el barquero sin temor a sucumbir en el intento, y al terminar entenderá por qué. Porque al subir a esa barca recibirá una serie de manuscritos que deberá leer a pesar de las olas y las tormentas, de los torbellinos profundos y los vientos, y si y solo si está dispuesto a emprender el viaje, aun con miedo, aun con dudas, aun con desesperanza, entregará su destino al timonel, dejará el miedo a la muerte, al sufrimiento, a lo desconocido.
    No se subirá usted a esa barca, porque creerá que él es Caronte. Solo aquellos que hayan perdido -como él- el miedo a morir, podrán comprobar que no es el Hades el lugar, que no es Caronte el barquero, es un desconocido.
    Quizás lo haya visto usted en algún momento y no se percató de su presencia. Aquel que se anima, se verá renacer como un nuevo individuo y podrá ver la vida desde otra perspectiva.
    Verá, después, que está vivo.
    Porque ese lugar es un sitio real, de tiempo y espacio palpables y habitable al que , como se habrán dado cuenta, no se llega tan fácil y nadie, nadie sabe dónde queda, pero quienes han ido, prueban con su regreso, transformados, que lo que digo es cierto y posible.
    Por eso, propongo abordar la nave y dejarse transportar.
    Esto no es para usted. Salvo que esté dispuesto a entrar en el mundo de la transmutación de la materia, la eterna juventud y el conocimiento universal. 

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