El sol entra por la ventana de mi cuarto en la casa 8 de la carrer Jaume I. Tomo un café y bajo las escaleras nuevas del edificio viejo. la puerta de calle, de dos hojas y madera maciza se abre sin forzarla; también es vieja, creo que tanto como el edificio.
La calle, a esa hora, está desolada, las luces amarillas de las farolas que se adhieren a las paredes de las casas, en un número de tres por cuadra, observan mi paso.
Siempre están desoladas las calles de las Borjas.
Camino hacia la izquierda y llego a la esquina angosta donde debo doblar -mi calle es un pasaje de una cuadra- hacia la derecha.
El sol está frente a mí. Leve aún su luz, no aparece tras de los edificios.
El calor de este verano ya se hace sentir insolente desde muy temprano.
Camino unos cien metros y paso frente a la escuela. Tampoco hay nadie allí.
Unos metros más y la calle se divide, tomo la de la derecha y transito un camino de una sola vereda, angosto, como casi todas las calles aquí.
A la izquierda hay casas, pero sobre la derecha los álamos me separan de un paredón de piedra no más alto que mi cintura. Tras él un descampado se abre al sol, libre. Salvaje y primitivo paisaje campestre, áspero pero agradable.
Llego a otra encrucijada, a la derecha, sobre una tapia también de piedra un cartel de cerámica se ofrece a la vista.
“Camí de l´estació”: tengo que seguir por ahí.
La calle desciende levemente franqueada por añosos plátanos. El hierro con herrajes antiguos corroídos domina la escena enrejada a mi derecha.
Otra vez se abre la calle hacia la izquierda. Frente a mí, un paredón, también de piedra, también bajo, descubre una pasarela por donde debo pasar, pequeña abertura desde donde baja una escalera hacia otra calle, también desierta y allí, la estación.
El edificio de dos plantas parece abandonado, al menos las ventanas de la parte superior tienen sus mosquiteros rotos y oxidados, las paredes pintadas con aerosoles multicolores le dan vida a aquel paisaje.
El hueco de la puerta es eso, un hueco. Paso por allí, también podría pasar por el costado, porque la pared, a un lado, desde hace mucho, ya no existe.
Los andenes, muy limpios, son dos. Debo ir al de enfrente, y para eso debo cruzar las vías, hay, hacia los extremos de los andenes, un paso a nivel de cada lado para poder hacerlo, voy por el más cercano, el de la izquierda.
Camino por él entre dos vías, la de la derecha, que me separa del principal, está oxidada; la de mi izquierda, brilla.
Me paro bajo un cartel que dice “Les Borges del Camp”.
Espero.
Hace calor.
Espero.
No veo a nadie allí.
Espero.
Escucho el silbato de un tren.
Se asoma tras la curva tapada por los árboles. No aminora, pasa frente a mí haciendo sonar el silbato intermitentemente.
Se aleja.
El trac trac de su paso se escucha cada vez más lejos.
Espero.
Una chica, jovencita, con sus auriculares rojos, se suma a mi espera unos metros más allá.
Un muchacho de mediana edad y campera marrón se nos une.
Se escucha otro trac trac, me doy cuenta de que el sonido del tren se refleja sobre el paredón de tierra y piedra excavada frente a nosotros, produciendo un sonido extraño.
El silbato.
Aminora su marcha.
Hace calor.
Viene despacio.
Se detiene.
Aprieto el botón verde junto a la puerta para abrirla.
Subo y me siento en los sillones azules impecables.
Parte hacia Reus a la hora exacta.
“Camí de l´estació”

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