Esperando en la puerta cancel
Sinceramente no podría decir que edad tenía entonces.
Los caminos de tierra, llenos de lagunas de diferente tamaño le daban una característica muy particular al camino que hoy miro, desde lo lejos, con cierta y verdadera nostalgia.
El traqueteo de aquel viejo Mercedes Benz, diésel de 1958, se dejaba de escuchar a poco de andar , con mi hermano, sentados en el asiento trasero amplio y sin las ataduras de los todavía inexistentes cinturones de seguridad, nos permitían jugar en un mundo de fantasía al que ahora y por momentos quisiera habitar.
Evidentemente estaba descubriendo lo que yo querría ser, época en la que los mayores te preguntaban ¿y vos que querés ser cuando seas grande? Y uno disparaba las respuestas imaginando a esas personas que llenaban nuestra inocencia de admiración. Bombero, astronauta, policía o camionero eran las actividades de moda entonces.
En aquel viaje, aquella tarde, después de recorrer infinidad de mundos con mi hermano en ese asiento trasero, después de varias paradas a vomitar porque me mareaba andar por esos caminos con pozos, frenadas y charcos, después de dormir otro rato, llegamos a Pehuajó, “Manuelita” entonces no era famosa ni había ido a París, es posible que aún estuviese con su biberón eligiendo que ser de grande.
Quizás ese viaje podría haber pasado al olvido como tantos otros, pero hubo en el un personaje del que aún me acuerdo y sin dudas es quien desde aquel momento fue mostrando el camino que seguiría hasta ahora.
De él no recuerdo siquiera su nombre, pero mi imaginación intenta recordarlo como un perro relativamente pequeño, de los que en esa época nosotros poníamos en el paquete de “ratoneros”, de pelo corto blanco y negro y con una energía inagotable que a poco de conocernos, a mi hermano y a mi, ya se había sumado a nuestros proyectos de recorrer el mundo del juego y la fantasía.
Tampoco es por eso que me acuerdo ahora de él, sino por la particularidad que sus dueños nos contaron de entre sus habilidades.
Él sabía perfectamente cuando la hija del matrimonio, que estudiaba entonces en Buenos Aires, a 400 kms de allí, estaba por tomar el tren que la llevaría a su Pehuajó natal, porque verdaderamente se enloquecía de alegría, un viaje supongo de no menos de 6 u 8 horas, y esa locura duraba hasta verla entrar por la puerta cancel donde él la esperaba desde que llegaba a la estación del pueblo.
Quizás esa impresión, quizás la primer impresión que tuve del mundo animal a ese nivel, fue junto con el conocimiento de otros animales que llegaron a mi vida, algunos con los que jugué, los caballos en los que me animé a subir, los perros y gatos que fueron llenando el universo a mi alrededor de seres reales, palpables, que me enseñaron a tener sentimientos sin pre conceptos, sin nada a cambio. Me llevaron más adelante a recorrer caminos inimaginados para descubrir como una mente tan pequeña podía estar conectada a tanta distancia con su ser amado, todavía no lo sé, pero lo que sí sé es que es posible que los humanos volvamos a ser mas animales para recuperar esos detalles que nos hacen tan distintos.
No sé si gracias a ellos, pero de todos modos si sé que debo agradecerles el haberme ayudado a visualizar el camino que entonces aún no tenía claro y que ahora después de muchos años puedo contarlo desde mi oficina de médico veterinario, entre equipos que aún con toda su magnificencia no me ayudarán a descubrir como hacía aquel perrito para saber cuando su dueña estaba por tomar el tren para ir a verlo.

Comentarios
Publicar un comentario