Me
levante con poca creatividad, supongo.
O serán
pocas ganas de escribir.
Repaso
mis recuerdos.
Me ayuda
una paloma que ulula en algún lado y el zumbido de un moscardón muy cerca de
mí.
Mágicamente,
esa sensación auditiva, simple y sencilla, me transporta a “Los Olmos”.
El Campo
de los Porcel estaba a unas dos leguas del pueblo, a tempranas horas de la
mañana, ya con el sol arriba, las palomas me otorgaban una apertura a un mundo
mágico difícil de describir ahora, pero entonces dejaba lo que estuviese
haciendo dentro de la gran cocina de la antigua casa y salía a recorrer para
ver dónde cantaba aquella.
Era una
sensación placentera, acostarme sobre la gramilla creciendo, apenas, (como yo)
en la incipiente primavera. Ya seco el rocío de la primera hora, entibiado por
ese sol inmenso, cerraba los ojos mientras escuchaba ese mismo zumbido del
moscardón adelante de la paloma.
La
sensación entonces era la de volar en sus alas (las del moscardón) y mirar el
mundo desde el aire, descubrir los montes de eucaliptos desde un ángulo
distinto al de siempre, ver las vías del tren como dos rayas paralelas en el
suelo, unos cientos de metros más al oeste de la casa, perderse en su camino de
norte a sur, ese sur indefinido aún para mí en aquella época, pero el sur de
donde vinieron alguna vez papá y mamá, de donde venían los malones hace mucho
más tiempo, de donde venía el viento frío y desde donde venía ese tren que
alguna vez me llevó a Buenos Aires.
Pero yo
me quedaba ahí.
En ese
campo que se llamaba “Los Olmos” y al que ingresábamos por la tranquera blanca
siempre abierta, justo al final de la alameda donde estaban las colmenas, justo
adelante del cuadro de los caballos.
El
camino para llegar desde las vías era corto, unos quinientos metros quizás,
pero a mí me parecía largo, es posible que la ansiedad por llegar me diera esa
impresión.
Después
de la última curva del camino, doblábamos a la izquierda y nos alejábamos de
las vías y, allí la huella era entonces un sendero menos transitado, de todos modos,
más marcada que la que continuaba después de la tranquera por esa calle vecinal
hacia los otros campos.
Los
álamos piramidales, después de las cinacinas, sobre el alambrado perimetral,
indicaban que habíamos llegado.
El
camino de ingreso, de apenas unos 100 metros, bordeaban el monte frutal, al que
atacábamos a la siesta para llevar duraznos a la sombra de la parra, adelante
de la cocina y sentarnos a comer, al lado de la bomba.
Entonces,
digo, sobre las alas del moscardón, miraba mi universo desde arriba y soñaba
con volar por el mundo y por mi futuro.
Pero el
canto de otra paloma me llamaba y volvía a ver las cosas desde mi altura de
ocho o diez años, sin radio, ni música, ni imágenes de televisión, donde el
teléfono estaba a 10 kilómetros en una oficina pública.
Solo yo
y el mundo, los animales y “El Rubio”, él no era un animal, era mi amigo. Se
dejaba ensillar, y me llevaba sin peligro a donde yo quisiera, y donde me
dejaran.
El
sonido de la siesta, desde la habitación oscura y fresca, eran las gallinas,
que cacareaban tranquilas buscando comida y orientando a sus pollos para
enseñarles a buscarla, mientras escarbaba en el suelo.
Aquello
también era un llamado que me sacaba de mis sueños, después del almuerzo y me
llevaba a investigar en los nidales en busca de huevos en el montecito de olmos
atrás de la casa grande.
Muy
temprano, quizás antes de que saliera el sol, era el momento de ordeñar las
vacas, a veces iba a ver cómo lo hacía Tata, que nunca supe por qué era que lo
llamaban así, porque su nombre era Pedro Eleuterio con él íbamos a encerrar los
terneros la tarde anterior antes de la puesta del sol.
A la
mañana siguiente, las madres estaban con las ubres llenas esperando al lado del
corral donde estaban encerrados y mugían al vernos venir.
Algunas
ya perdían chorros de leche al vernos, una ración para la que se maneaba, se
largaba su ternero con una manea al cuello para que le cabeceara la ubre y
diera unos sorbos y después se ordeñaba esa.
Así se
hacía con todas, que eran dos, tres o cuatro, según la cantidad de gente para
alimentar.
Después, el desayuno.
Olga hacía la manteca, comíamos algo que había sobrado de la noche anterior, llegaba Carlos que estaba arando desde temprano, antes de que nosotros hubiésemos ordeñado y para esa hora venía con mucha hambre.
Cortar
leña y juntar marlos para la cocina a leña. Desgranar maíz y darles a las
gallinas.
Elegir
un pollo para el almuerzo.
Por Las
tardecitas, después de haber terminado las tareas era obligado juntarse bajo la
parra, al lado de la cocina a la espera de la cena.
Y digo
obligado porque allí estaba la bomba y la gran pileta de lavar, donde entrabamos
los más chicos y nos podíamos refrescar, pero estaba también la palangana de
aluminio, que de uno en uno iban usando todos para lavarse los pies, cara,
axilas y cabeza. Ponerse las alpargatas limpias, de yute, que no habían tocado
la gramilla mojada con rocío de la mañana.
Sentados
en bancos o sillas esperábamos.
Tata
ponía la oral deportiva con Muñoz y después venía carburando con González
Rouco, cuando la radio no tenía pilas se escuchaba apenas. Y cuando se iba la
onda no escuchábamos nada.
La cena
era abundante carne al horno con papas o un ganso o pavo, a veces cordero o
lechón todo era de allí, solo se compraba lo elemental.
A veces
iba a lo de Russo, en bicicleta, un boliche de campo al otro lado de las vías,
sobre el camino que lleva a Ibarra. Allí compraba extracto de tomate, pan,
fideos o cosas que hicieran falta. Siempre había alguien tomando un vermut y
jugando al truco.
Todos
eran conocidos.
A veces
me llevaba “El Rubio” si estaba ensillado, la mayoría de las veces en bicicleta
o caminando, a través del cuadro grande sembrado de trigo.
No había
música, mejor dicho, música había, lo que no había era donde escucharla, por
eso no tengo acordes que me acerquen a aquella época en aquel lugar, salvo el
zumbido del moscardón o el ulular nostálgico de la paloma.

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