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Los Olmos (Fotos propiedad de Alberto Romero, Merlo, San Luis)



 

Me levante con poca creatividad, supongo.

O serán pocas ganas de escribir.

Repaso mis recuerdos.

Me ayuda una paloma que ulula en algún lado y el zumbido de un moscardón muy cerca de mí.

Mágicamente, esa sensación auditiva, simple y sencilla, me transporta a “Los Olmos”.

El Campo de los Porcel estaba a unas dos leguas del pueblo, a tempranas horas de la mañana, ya con el sol arriba, las palomas me otorgaban una apertura a un mundo mágico difícil de describir ahora, pero entonces dejaba lo que estuviese haciendo dentro de la gran cocina de la antigua casa y salía a recorrer para ver dónde cantaba aquella.

 

Era una sensación placentera, acostarme sobre la gramilla creciendo, apenas, (como yo) en la incipiente primavera. Ya seco el rocío de la primera hora, entibiado por ese sol inmenso, cerraba los ojos mientras escuchaba ese mismo zumbido del moscardón adelante de la paloma.

La sensación entonces era la de volar en sus alas (las del moscardón) y mirar el mundo desde el aire, descubrir los montes de eucaliptos desde un ángulo distinto al de siempre, ver las vías del tren como dos rayas paralelas en el suelo, unos cientos de metros más al oeste de la casa, perderse en su camino de norte a sur, ese sur indefinido aún para mí en aquella época, pero el sur de donde vinieron alguna vez papá y mamá, de donde venían los malones hace mucho más tiempo, de donde venía el viento frío y desde donde venía ese tren que alguna vez me llevó a Buenos Aires.

Pero yo me quedaba ahí.

En ese campo que se llamaba “Los Olmos” y al que ingresábamos por la tranquera blanca siempre abierta, justo al final de la alameda donde estaban las colmenas, justo adelante del cuadro de los caballos.

El camino para llegar desde las vías era corto, unos quinientos metros quizás, pero a mí me parecía largo, es posible que la ansiedad por llegar me diera esa impresión.

Después de la última curva del camino, doblábamos a la izquierda y nos alejábamos de las vías y, allí la huella era entonces un sendero menos transitado, de todos modos, más marcada que la que continuaba después de la tranquera por esa calle vecinal hacia los otros campos.

Los álamos piramidales, después de las cinacinas, sobre el alambrado perimetral, indicaban que habíamos llegado.

El camino de ingreso, de apenas unos 100 metros, bordeaban el monte frutal, al que atacábamos a la siesta para llevar duraznos a la sombra de la parra, adelante de la cocina y sentarnos a comer, al lado de la bomba.

Entonces, digo, sobre las alas del moscardón, miraba mi universo desde arriba y soñaba con volar por el mundo y por mi futuro.

Pero el canto de otra paloma me llamaba y volvía a ver las cosas desde mi altura de ocho o diez años, sin radio, ni música, ni imágenes de televisión, donde el teléfono estaba a 10 kilómetros en una oficina pública.

Solo yo y el mundo, los animales y “El Rubio”, él no era un animal, era mi amigo. Se dejaba ensillar, y me llevaba sin peligro a donde yo quisiera, y donde me dejaran.

El sonido de la siesta, desde la habitación oscura y fresca, eran las gallinas, que cacareaban tranquilas buscando comida y orientando a sus pollos para enseñarles a buscarla, mientras escarbaba en el suelo.

Aquello también era un llamado que me sacaba de mis sueños, después del almuerzo y me llevaba a investigar en los nidales en busca de huevos en el montecito de olmos atrás de la casa grande.

Muy temprano, quizás antes de que saliera el sol, era el momento de ordeñar las vacas, a veces iba a ver cómo lo hacía Tata, que nunca supe por qué era que lo llamaban así, porque su nombre era Pedro Eleuterio con él íbamos a encerrar los terneros la tarde anterior antes de la puesta del sol.

A la mañana siguiente, las madres estaban con las ubres llenas esperando al lado del corral donde estaban encerrados y mugían al vernos venir.

Algunas ya perdían chorros de leche al vernos, una ración para la que se maneaba, se largaba su ternero con una manea al cuello para que le cabeceara la ubre y diera unos sorbos y después se ordeñaba esa.

Así se hacía con todas, que eran dos, tres o cuatro, según la cantidad de gente para alimentar.

Después, el desayuno.

Olga hacía la manteca, comíamos algo que había sobrado de la noche anterior, llegaba Carlos que estaba arando desde temprano, antes de que nosotros hubiésemos ordeñado y para esa hora venía con mucha hambre.

Cortar leña y juntar marlos para la cocina a leña. Desgranar maíz y darles a las gallinas.

Elegir un pollo para el almuerzo.

Por Las tardecitas, después de haber terminado las tareas era obligado juntarse bajo la parra, al lado de la cocina a la espera de la cena.

Y digo obligado porque allí estaba la bomba y la gran pileta de lavar, donde entrabamos los más chicos y nos podíamos refrescar, pero estaba también la palangana de aluminio, que de uno en uno iban usando todos para lavarse los pies, cara, axilas y cabeza. Ponerse las alpargatas limpias, de yute, que no habían tocado la gramilla mojada con rocío de la mañana.

Sentados en bancos o sillas esperábamos.

Tata ponía la oral deportiva con Muñoz y después venía carburando con González Rouco, cuando la radio no tenía pilas se escuchaba apenas. Y cuando se iba la onda no escuchábamos nada.

La cena era abundante carne al horno con papas o un ganso o pavo, a veces cordero o lechón todo era de allí, solo se compraba lo elemental.

A veces iba a lo de Russo, en bicicleta, un boliche de campo al otro lado de las vías, sobre el camino que lleva a Ibarra. Allí compraba extracto de tomate, pan, fideos o cosas que hicieran falta. Siempre había alguien tomando un vermut y jugando al truco.

Todos eran conocidos.

A veces me llevaba “El Rubio” si estaba ensillado, la mayoría de las veces en bicicleta o caminando, a través del cuadro grande sembrado de trigo.

No había música, mejor dicho, música había, lo que no había era donde escucharla, por eso no tengo acordes que me acerquen a aquella época en aquel lugar, salvo el zumbido del moscardón o el ulular nostálgico de la paloma.


D

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